domingo, 4 de mayo de 2014

Misión Costurero

Informe a día 3 de mayo de 2014,

El día anterior la detective Mandarina y yo, la detective Colibrí, recibimos una llamada en la agencia. Una mujer llamaba para que acudiéramos a casa de su madre (una anciana de 78 años), porque sospechaba que algún monstruo habitaba en él y además había desaparecido un costurero. Era festivo y sólo estábamos tres de guardia. Cogí a la detective novata Mandarina y nos despedimos del otro detective. Antes de salir, llamamos a un taxi que nos acercó a la casa en cuestión situada a las afueras de la ciudad. Hacia buen día pero no tardaría en anochecer. La casa era de planta baja y muy vieja. La mujer que nos llamó nos esperaba en el porche junto a su anciana madre y una maleta.

— Me llevo a mi madre, aquí tenéis la llave. Ya nos informareis —nos dijo ella.

Entramos a la casa que estaba completamente a oscuras. Habían bajado todas las persianas y la detective Mandarina encendió una de sus cerillas para ver un poco mejor y llegar hasta la ventana para abrir la persiana. Con la tenue luz de la cerilla observamos que estábamos en el salón, olía a gato y estaba todo lleno de retales de ropa, vestidos, bobina de hilo y lana. La anciana debía de ser costurera. Recordé que la mujer nos había comentado que vivía con 7 gatos pero que ya se los había llevado para que no nos molestaran.

Mandarina empezó a levantar la persiana pero ¡ZÁS! Se rompió y cayó para abajo, de manera que seguimos a oscuras. Intenté buscar el interruptor pero a los dos minutos hubo un apagón general en toda la calle.

—Vaya, que casualidad —dijo la detective mandarina— ¿Y ahora qué?

—No se ha visto nada en especial por aquí. Vayamos a la cocina.

Mandarina se asomó y observó que había unos cubos de basura a rebosar que olían fatal y escuchamos unos ruiditos proveniente del final de la cocina. Mandarina toda decidida fue rápidamente hasta la ventana e intentó abrirla. Ésta se quedó atascada a la mitad. La casa era muy vieja, con mobiliario viejo, madera que crujía y paredes enmoquetadas, no me extrañaba que nada funcionara bien. Escuchamos un gruñido de enfado, pero que no venía de la cocina. Nos quedamos asustadas y de repente otro ruidito más pequeño pero inquietante, pero este venía de la encimera.

Mandarina una vez más fue al grano. Encendió otra cerilla y alumbró el sitio. Un pequeño gamusino estaba sobre un bol removiendo algo en él. Él nos miró, nosotras lo miramos, hizo catapulta con la cuchara y me echó una especie de crema en toda la cara. La cerilla se apagó y nos quedamos con la poca luz que entraba de fuera. El gamusino había desaparecido. La crema era dulce, sabía cómo a mantequilla. Abrimos el frigorífico y en él encontramos galletas de mantequilla, algunas ya mordidas. Podría ser una pista. Había un monstruo en especial que le gustaban, y éste era el Monstruo del Armario. Podría tener sentido. La anciana era costurera, tenía mucha ropa y telas sueltas y al volver a la sala nos fijamos que algunas parecían mordidas. Al monstruo del Armario le encantaba la ropa y sobre todo disfrazarse. Teníamos que actuar con cuidado; pero la detective Mandarina, no sé si llamarla imprudente o valiente pero fue rápidamente hacia el pasillo. La seguí y nos quedamos quietas escuchando.

De la puerta de la izquierda se oía un ruido extraño. Mandarina abrió la puerta de golpe haciendo ruido y una bola negra saltó hacia nosotras desde la bañera. Conseguimos esquivarlo y salió corriendo maullando. Era un gato. ¿No había dicho que se los había llevado a todos? El pasillo hacía esquina y no había ventanas. La detective novata volvió a encender una cerilla pero se le rompió. Oímos un ruido extraño. Intentó volver a encender otra y al final del pasillo se veían como unas sombras extrañas. Se apagó la cerilla mientras avanzábamos, y encendió otra. Ahora había una sombra menos. Cuando llegamos vimos que eran maniquís. Y junto a ellos, una puerta entreabierta. Mandarina a su estilo poco sutil entró y fue directamente hacia la persiana. Ésta abrió bien, pero ya había anochecido. La habitación era como una gran taller de costura con maniquís, una máquina de coser, una mesa, sillas, telas… Tropecé con una silla y rompí su pata. Se escuchó un gruñido. Venía de detrás de un cuadro. Claro, al monstruo del armario no le gustaban los muebles rotos. 

—Quizás sea una puerta a otra habitación —dije yo— prepárate Detective Mandarina.

Agarré el frasco de cristal para poder atraparlo y mandarina encendió su cerilla. Abrí el gran cuadro como una puerta y ahí nos encontremos el nido del monstruo. Una pequeña habitación llena de botones y cordones por el suelo y ropa colgada por todas partes. Parecía un vestidor, como un armario grande que algunas casas tienen. Y en medio un enorme monstruo vestido de payaso. La impresión fue tan grande por nuestra parte, que el monstruo consiguió escapar. Mandarina consiguió avistar el costurero de la anciana, lo cogió y corrimos detrás de él hasta el salón y en una de las butacas observamos que un tumulto de ropa temblaba. Era él. Estábamos seguras. Él también se había asustado. Era nuestra oportunidad. Con las palabras mágicas conseguimos sellar al monstruo y activar el líquido convertidor. Estábamos contentas porque habíamos conseguido cumplir la misión, pero de pronto oímos que alguien abría la puerta de la entrada. Eran la anciana y su hija.

—Lo siento, me había olvidado de dos de mis gatitos— dijo la señora mayor.

—¿Dos? Sólo hemos visto uno —les dije—, pero no se preocupen que ya hemos acabado aquí.

La anciana se acercó a ver que era el frasquito, me zarandeó de tal manera la mano, que el frasco se me cayó al suelo estrepitosamente y se rompió. El monstruo salió y todos nos quedamos helados menos la anciana.

—¡Pepe! ¡Mi gatito bonito! Te había dejado aquí solito— exclamó ella abrazándolo cariñosamente.

—¿Ha dicho gatito?— murmuró Mandarina sorprendida.
—Sí, y se llama Pepe —le contesté estupefacta—. Señora, él robó su costurero y por si no se ha fijado, es muy grande para ser un gatito.

—No escuches Pepe, que te están llamando gordo. ¿Con que querías hacer ropa como yo eh? Por eso has cogido el costurero, que travieso…

El monstruo sonreía feliz a sus caricias. Me giré y vi a su hija desmayada en el suelo.

Eso fue todo, un día normal en la agencia. Pero solicito una revisión periódica en esa casa por si se monstruo se descontrola.

Firma
La Detective Colibrí